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Zapatero va a la montaña

septiembre 8, 2008

Corren tiempos de hiperpersonalismo y privatización de la política y los personajes públicos se convierten en estrellas pop de las que el público de la sociedad hipermedia quiere saberlo todo: su vida íntima, sus aficiones y hobbies, sus inquietudes. Como personajes en constante exposición pública, los políticos deben mostrarse de cuando en cuando en su faceta más privada y personal, para saciar la inquietud popular al respecto, complaciendo a los medios de comunicación al mismo tiempo.
En esa línea cabe entender la comparecencia del presidente del Gobierno, Zapatero, en el programa de reportajes de aventura conducido por el montañero Jesús Calleja en Cuatro.
Experimento interesante y beneficioso tanto para el presidente tanto como para el programa y la cadena, en el que Zapatero, conveniente disfrazado y muy en el papel, ha podido transmitir una imagen sentimentalizada, cercana y afable, recordando tiempos pasado de su infancia en León y desplegando a gusto su bonhomía -el famoso talante- y su inasequible querencia por la grandilocuencia expresiva y las frases para la posteridad, y el mismo tiempo, el programa se ha marcado un tanto de prestigio y autobombo.
El ascenso a Collado Jermoso, en los Picos de Europa, ha sido poco más que un simpático y amable publirreportaje, moderamente excepcional por la rareza de la situación, pero también ha permitido acceder a algunas claves de la hiperescenificada política actual, con la cohorte de asesores, escoltas, asistentes y medios de comunicación que van siempre anexos a un personaje de esta magnitud.
El montañero Calleja, vecino del presidente en su infancia y adolescencia en León, ha ejercido de complaciente y dicharachero cicerone, poniendo en bandeja con su amistosa y vivaracha verborrea multitud de ocasiones de lucimiento de Zapatero, quien las ha aprovechado a gusto: frases rimbombantes sobre la vida y la política, loas al montañismo y su arcádica niñez en la zona, referencias algo cansinas al consabido talante, saludos y gestos de cariño para todo lugareño con el que se iba cruzando en la travesía, etc…
En resumen, un retrato privado y encomiástico del presidente, más propio de época electoral pero también adecuado al momento presente: un hombre versátil pero firme y rocoso, aventurero y resistente, un héroe posmoderno, cuya arma es la pertinaz sonrisa; algo así como el tipo ideal para conducir al país entre las procelosas nieblas y tormentas de la crisis económica presente hasta la soleada campa de la recuperación que se vislumbra en el horizonte futuro.

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