Archive for the ‘Tele 5’ Category

Un viaje psicoterapeútico

febrero 10, 2009

La telerrealidad actual entroniza a la gente común, a esa ordinary people susceptible de pasar al otro lado del espejo catódico para ser protagonista y no sólo simple espectadora pasiva del espectáculo televisivo, mostrándose especialmente ávida de escudriñar y espectacularizar sus aristas y conflictos, sus quiebras cotidianas. Conocido era su interés por los sucesos y los avatares íntimos y cotidianos de la gente anónima, ingrediente básico y esencial en talk-shows, informativos y magazines del más variado pelaje, así que era cuestión de tiempo que un reality show se ocupara de gente con problemas, con traumas y conflictos personales de todo tipo, a la busca de su sanación mediante la experiencia mediática.

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Basado en una idea patria que debemos a sus creadores, Adrián Madrid y Oscar Cornejo, en cuyo bagaje en el medio encontramos su participación en heterogéneos productos como La Noria, Aquí hay tomate u Hormigas blancas, el nuevo talk-reality de Tele 5, La Caja (¿guiño irónico hacia el habitual sobrenombre peyorativo de la propia tele?), nos propone un trayecto psicoterapéutico en vivo, a aplicar a las criaturas que concurren a su reclamo, todas ellas víctimas de situaciones traumáticas, dolorosas pérdidas, traumas insuperables o problemas psíquicos de diversa índole.
Sentados y despatarrados en una especie de butaca de dentista, encerrados en un espacio prismático formado por paneles de video, con una única abertura cenital (lo que propicia el uso y abuso de tomas aéreas y cenitales), los invitados-pacientes son sometidos a un dosificado y meditado (se supone que ha habido sesiones preliminares con el equipo de especialistas para pergeñar cada terapia audiovisual) exposición a imágenes, sonidos, olores, palabras, fotografías y textos relacionados con su patología.
Así pues, a ritmo de una omnipresente música incidental (perteneciente a la banda sonora del film In the mood of love), sin mediación de presentador alguno (un nuevo ejemplo de postergación de la mediación del periodista profesional, considerada innecesaria y distanciadora), aunque punteado por los (presuntamente) balsámicos y sedosos comentarios y consejos de unos coach en permanente off, el programa somete a sus criaturas, mediante el envolvimiento sensorial y el repaso dialogado a los avatares vitales que les han conducido a su degradada situación actual, a un viaje con intencionalidad terapeútica y regeneradora, al que, asimismo, quedamos invitados como espectadores, susceptibles de alcanzar un alto grado de identificación y conexión con los protagonistas (innegable, dado el alto seguimiento popular de que han disfrutado las primeras emisones del invento).

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Intercalando sucesivamente las tres historias de que se nutre cada entrega, pausando y ritualizando la escalada emocional y climática de cada caso concreto (no podía fallar el empleo del primerísimo primer plano en los momentos de mayor exaltación emocional, en un intento de aproximación –closer– entre espectador y protagonista), La caja vendría a ser una especie de catódica montaña rusa de exhibicionismo con voluntad catártica, una intensificada vuelta de tuerca en la aproximación impúdica del ojo televisivo (y por ende, del ojo del espectador) a los territorios más inestables y quebradizos de la privacidad.

La multipantalla desbordada

enero 28, 2009

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La bidimensionalidad de la pantalla catódica ya no resulta suficiente en esta época postelevisiva, se desborda y crece en relieve ante los ojos del espectador, saturándose de signos yustapuestos o solapados acumulativamente para ofrecer al receptor la mayor cantidad de información posible y conjurar el fantasma neobarroco del horror vacui, reproduciendo la omnipresente y polifragmentada pantalla online del PC, propia de esta era multitask: además de la consabida mosca que otorga anclaje identificatorio a la cadena-marca y la hora que certifica la simultaneidad de la acción con el espectador, entronizando el directo como tiempo televisivo por antonomasia (live), la pantalla se rellena e historia con pop-up publicitarios, reclamos anticipatorios de otros productos de la parrilla de la cadena (el estreno de una serie de ficción nacional, en este caso) o rótulos insertos que proliferan exponencialmente y se renuevan intermitente, reclamando la sin tregua la atención multiforme del espectador, remitiéndole a la web de la cadena (y a la socialización participativa o parrilla customizada a la carta a la que en ella puede acceder) o informándole de los números de teléfono o apócopes para SMS, necesaria herramienta para dar cauce a su participación interactiva con lo aconteciente  en pantalla.
Paradójica y paralelamente, el sustrato principal de la imagen, es decir, el combate dialéctico referido a un tema de actualidad, sección del recauchutado Está pasando para las sobremesas de Tele 5, ve reducida, fracturada, sepultada y jibarizada su presencia icónica, desplazada su centralidad y menoscabada su visibilidad, obligado a batirse (casi) en retirada frente al  soberbio imperialismo de la sobreinformación gráfica a que se ve sometida la pantalla.

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Y el comisario Castilla dijo adiós

enero 5, 2009

En muchas ocasiones, el éxito de las series del panorama nacional suele volverse en su contra. Eso mismo ha pasado con El comisario, una de las más emblemáticas y sólidas de nuestra tele, cuyo (definitivo, es de suponer) final ha tenido lugar esta pasada semana.
Convertida, tras unos inicios algo dubitativos, en una de las más competentes series españolas, en un ejemplo de profesionalidad y competencia dentro de una panorama dominado por la chabacanería y la mediocridad, superó incluso la esclavitud del multitarget (aunque no del todo, pagaba un cierto peaje en forma de derivaciones sentimentales de sus personajes) y la búsqueda del (acomodaticio) público familiar, para constituirse en un convincente acercamiento a la temática policiaca, con notables dosis de verosimiltud, una pizca de costumbrismo castizo y una lúcida mirada a la actualidad negra y delincuencial, convenientemente ficcionalizada, cortada y envasada. Además de ello, siempre demostró una importante pericia técnica y un brioso y bien rematado acabado técnico, beneficiándose notablemente de la permanencia y consolidación de un solvente reparto, encabezado por un Tito Valverde que hizo de su comisario Castilla una de esas creaciones que quedarán en la memoria de todo telespectador (junto a otros como Chanquete, Torrebruno o el doctor Nacho Martín), bien secundado por nombres como Juanjo Artero y Marcial Alvarez (también quedará la pareja de polis que han formado, Pope y Charly), entre los muchos actores y personajes que han desfilado por sus diez temporadas en antena, ya sea en papeles fijos o en colaboraciones fugaces.

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Sin embargo, la tentación avariciosa y facilona de extender la fórmula del éxito lleva a las cadenas y productoras en estrujar, retorcer y exprimir aquellos productos que logran el favor popular, alargando su vida en innumerables temporadas, más allá, incluso, del abandono de algún actor principal o debiendo echar mano hasta de metamorfosis y variaciones argumentales de díficil justificación.
Esta deriva llevó a El comisario, junto a la incomprensible postergación por parte de la cadena en la noche de los viernes y a los repetidos vaivenes de horario y eliminación de la parrilla para ofrecer los inenarrables friki-shows de Julián Muñoz y Luis Roldán, al agotamiento y a la frustración y dejación de su parroquia seguidora (lo que conllevó, incluso, una protesta formal de parte de su equipo artístico-técnico). Un decadente y poco airoso proceso de paulatina liquidación, pues, para una de las escasas excepciones que han dotado de dignidad y una aceptable calidad al más que sobado y agotado panorama de la llamada ficción nacional. Quizás le suceda lo mismo, próximamente a Hospital Central, entre otras.

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Y gira ‘La noria’… a ritmo de ‘Boys, boys, boys’

diciembre 22, 2008

El contenedor trash de las noches sabatinas, La Noria, sigue su andadura semanal en Tele 5, manteniendo su línea omnímova, respaldado por la audiencia como alternativa futbolera.
En la pasada emisión dejaron de un lado la línea filodelicuencial, ampliamente transitada en los últimos tiempos por la cadena en general y por el programa en particular (ya se sabe: el ex-alcade convicto de Marbella y todas sus ramificaciones gansta-familiares, el hipermalversador y corrupto ex-director general de la Benemérita y la última irrupción estelar en el universo negro-amarillo patrio, los Santander), para dedicarse al autobombo endogámico con una entrevista hospitalaria a la compañera de cadena ex-tomatera con el fin de promocionar su próximo programa en la casa, una especie de híbrido de aquel inolvidable Humor amarillo y el yanki Jackass, de nombre Guaypaut (castellanización de Wypeout).

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Así pues, allí compareció, con su glorificado y añorado entreteto por delante, una pimpante Carmen Alcayde, risueñamente dispuesta a ponderar las maravillas del nuevo engendro catódico que capitanea y a relatar un sinfín de simpáticas anécdotas de su rodaje en Argentina.
Ese fue uno de los platos fuertes del menú, acompañado por una guarnición de circunstancias, compuesta por los histriónico-patéticos debates de costumbre (regentados por esos mastines del desmelene oral-catódico que son Enric Sopena o Mª Antonia Iglesias, con la inestimable reaparición del inconmensurable cura Apeles) y por la comparecencia de una friki-celebrity de serie Z, el novio autosecuestrado del (inmenso) tonadillero Falete. Pues eso, el trayecto habitual entre el publirreportaje y el zoo esperpéntico, bajo la displicente batuta de un Jordi González, con quien no parece ir la cosa (siempre que ingresen a fin de mes, imagino).

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Como colofón, echando mano de la ola retronostálgica en boga, compareció una vez más (pero no la última, supongo) una de las musas catódico-hormonales de nuestra pubertad, la cuarentona post-neumática (aunque quien tuvo, retuvo) Sabrina Salerno, para referirnos solazadamente por enésima vez la autenticidad y espontaneidad de aquel famoso descuido pezonil a ritmo de su mítico hit Boys, boys, boys en aquella nochevieja del ya lejano (ay!) año 87. Aquel bamboleo marcó un hito en los devaneos húmedos de todo un país y provocó más de una imparable taquicardia, pero conseguirán arrumbarlo en el arcón de la caspa patria de tanto recurrir a su hipnótica emisión (la última, que recuerde, fue hace unos meses en el fugaz y extinto PetaZetas que presentaba Corbacho), aunque entre la liberación pezonil de la italiana y los foulards extralargos de Mª Antonia, qué quieren que les diga…

No me resito a recordar el momentazo…

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Paz

diciembre 19, 2008

Este domingo regresó triunfalmente uno de los fenómenos de la tele patria en las últimas temporadas, la serie Aida, en la que es ya su sexta temporada. Pese a alguna redundancia en los personajes y a la repetición de sus mecanismos humorísticos, la serie mantiene sus constantes y conserva el favor del público, incluso en las repeticiones de sus capítulos, continuadas en el prime time dominical de Tele 5.
Junto a ese costumbrismo de trazo grueso y a ese jugueteo verborreico del que ha extraído sus mejores bazas humorísticas, Aida se ha consolidado gracias al acierto en la composición de los personajes en que se fundamenta (con el excelente apoyo del notable elenco que les da cuerpo, claro), esos superhéroes de barrio (semi)marginal, retratados con trazo esperpéntico, develador de sus miserias a la vez que conmiserativo con las mismas. Sólo bajo ese prisma chocarrero y desprejuiciado (todo sea por la risa) se pueden aceptar las mezquindades y bajezas de los Mauricio Colmenero, Luisma, la Lore o el Jonathan.

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En mi opinión, uno de los personajes que quedaran en la memoria catódica y que sustentan el poderío de la serie es el de Paz, esa felliniana puta sin dramatismos, de buen corazón y curvas de escándalo. Pese al blanqueamiento edulcorante del que el personaje está revestido (olbigaciones de la ficción familiar), supone la consolidación de la normalización del tipo de prostituta en la ficción española, su incorporación al imaginario colectivo, lejos del contexto conflictivo y marginal al que suele ir vinculada su imagen. Gran parte del éxito del personaje recae en la labor de Melanie Olivares, capaz de dotar al persoanje de un gran atractivo físico a la par que una gran humanidad y cercanía, en uno de esos papeles de madurez de una carrera, cuya contrapartida será el encasillamiento al que tal vez someta a su posterior carrera.

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Pasa el escote

diciembre 17, 2008

El concurso Pasapalabra se ha convertido ya en un lugar común, en un territorio acogedor de las tardes catódicas. De parecida manera a otros concursos consolidados en la parrilla (La ruleta de la suerte, Saber y ganar, Cifras y letras…), ofrece una digna y discreta ración de entretenimiento, barnizado con gotas de asimilable cultura general y riqueza léxica.
Aunque permanece en el recuerdo la labor conductora de la sinpar Silvia Jato, ahora esa tarea recae en Christian Gálvez, valor en alza de la cadena, capaz de conducir la nave con soltura, frescura y facundia juvenil.

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Sin embargo, lo que de un tiempo a esta parte me viene llamando la atención es el papel de los rostros populares que acompañan y escoltan a los dos concursantes de cada día. Actores y actrices, modelos, deportistas o cantantes, en ocasiones el tema suele emplearse como plataforma de (re)lanzamiento de viejas glorias o rostros olvidados en el panorama mediático, aunque normalmente suele tener que ver con otros proyectos de la cadena (series, películas, programas, etc…), empleando dicha colaboración como velada operación propagandística (sinergias de grupo mediático, ya se sabe). Aunque, más de una vez, la (discreta) exigencia de las pruebas del concurso han puesto a la luz las vergüenzas de los invitados, sus lagunas culturales y de formación, resultando un trago amargo para quien quiera ver algo más allá de su glamour y su esplendor (me estoy acordando de alguna memorable comparecencia como las de Carolina Cerezuela o Marisa Jara, entre otras). Y es que ésa es otra, recluidas (en el caso de las féminas) a los reducidos márgenes de busto parlante por las exigencias de la planificación y mecánica del producto, premisa escasamente proclive a la exhibición de su belleza en principio, se empeñan en adornar y rellenar (nunca mejor dicho) el programa con neumáticos y estratosféricos escotes (¿acaso la sección de Los melones no va por la misma senda?), para deleite y embobamiento del público masculino e imposibilidad de seguimiento de los derroteros propios del concurso, para el resto. Pues eso, además de las palabras, pasan los escotes, ante la atenta mirada del piropeador Gálvez (cómo no se corte, acabará pareciéndose demasiado a Carlos ‘Guapíiiiissssima’ Lozano).

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Parecidos más que razonables

diciembre 16, 2008

El intercambio de personalidades entre dos personas de notables parecido (dobles, gemelos, etc…) y diferente extracción social es un argumento de raigambre folletinesca de notable abolengo y recurrente empleo en la literatura o el cine (recordemos El príncipe y el mendigo, El prisionero de Zenda, Vaya par de gemelas -dosis patria del sunto-, etc…).

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Ese es el punto de partido argumental de la nueva teleserie vespertina de Tele 5, Mi gemela es hija única, última muestra de la línea de reciente éxito de adaptaciones de telenovelas sudamericanas a patrones nacionales (Sin tetas no hay paraíso, Yo soy Bea, La Lola, etc…), en este caso de la chilena Amores de mercado, llamada a sustituir (y clonar en su éxito, cual ‘gemela’ de la misma, a la ya agonizante Yo soy Bea, versión 2.0.)
Pese a los antecedentes, no parece que la nueva propuesta esté encontrando en su primera semana de emisión el favor del público. Quizás haya que buscar las razones en el agotamiento de la fórmula, el cansancio y saturación del público respecto de propuestas (nunca mejor dicho) gemelas, aunque mucho me temo que el escaso gancho telegénico de las protagonistas (y su flequillo) tenga mucho que ver en el asunto. Por lo demás, la factura es solvente y correcta (dentro de los cánones de este tipo de productos), la ambientación trascurre en los coloristas sets marca de la casa y en el variopinto reparto podemos encontrar rostros conocidos como los Isabel Pintor (la neumática pelirroja de Agitación+IVA), Carlos García (protagonista de una de las campañas de Amor en tiempos revueltos) o Julio Arrojo (recientemente visto en 700 euros).

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Efrén, el tronista fetén

noviembre 30, 2008

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Mujeres y hombres y viceversa comenzó medio de tapadillo en la franja de sobremesa de Tele 5, intentando cubrir el vacío del finado tomate sin demasiado éxito. No parecía mucho más que una copia puesta al día de anteriores programas aconcursados de emparejamientos, una traslación escasamente novedosa de modelos similares de la televisión beslusconiana, hibridado con elementos convivenciales propios de un reality, aunque en off (los datos acerca de la convivencia entre los concursantes se comentaban en plató o se filtraban, pero sucedían fuera de campo: en la vida cotidiana de los mismos durante la ‘concentración’ paralela a la grabación del show), centrado en la mistificación de las cuitas del llamado tronista (hombre o mujer), llamado a elegir su favorit@ entre varios ejemplares del sexo contrario, tras una prolongada y variopinta serie de citas románticas.
Pese a que era presentado como original y espontáneo, la componenda mercadotécnica y el predominio de la imagen se adivinaba entre bambalinas y a golpe de share, no en vano, los protagonistas del show, esos jovenzuelos y jovenzuelas a la busca de la media naranja metrosexual, calificados aquí con el atorrante calificativo de tronistas (ya fuean varones o hembras), están extraído de un sopesado y estudiadísimo casting en esas agencias repletas de novatos que ansían convertirse en estrellas de la tele o, cuando menos, en rostros famosos durante los manoseados diez minutos warholianos, aunque sea convertiéndose en carne para mostrar, en cuerpos para la subasta televisiva.

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Sin embargo, para sorpresa de muchos y pese a varios ajustes de horario, el programa se ha ido consolidándose en la parrilla, mejorando paulatinamente sus cuotas de audiencia, conducido por una Emma García que parece encantada de caminar por el lado más friki de la calle catódica (compagina este programa con el infame humillation show de El juego de tu vida), acompañada en plató por el habitual griterío corifeo de unos espectadores en vivo sabiamente conducidos y por unos llamados sabios de la temática romanticona y el lance seductor, especialistas en donjuanismo de garrafón (encarnados por la eterna aspirante Raquel Navamuel y el karaoke man venido a menos y actor de tercera Paco Morales).
Dicha trayectoria ascendiente ha eclosionado con la participación en el programa, y especialmente con la elección final de partenaire (la morena Soraya, de quien las malas lenguas dicen que ya era pareja del mozo antes de entrar en el programa), de un tal Efrén, un tronista guaperas (pero muy sentido y honesto, ays) que ha desatado la libido del populacho al otro lado de la pantalla (mayormente femenino, imagino) y que, estirando su participación en el show hasta lo (casi) imposible y componiendo un personaje de chulazo de buen corazón, indeciso ante la elección a la que debe enfrentarse y afectado y dolorido tras cada descarte a que se ve abocado, ha llevado a este engendro a las conversaciones de café y, lo que es peor (me temo), a convertirse en un triundo del signore Vasile, consolidándose en la oferta y dandu lugar (esperemos que no demasiado) a propuestas clónicas que pretenderán seguir su tóxica estela.

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Marta Fernández, paz en la guerra

noviembre 22, 2008

La tendencia a la hiperespectaculación y la mutación hacia el magazine de los informativos televisivos (especialmente, en nuestras cadenas privadas generalistas: excepción hecha del algo anticuado didactismo izquierdista de Cuatro -con Gabilondo en primer plano- y del Ente público, que mantiene unos mínimos institucionalistas) es una tendencia irrefrenable en la televisión del momento, especialmente en el terreno de la información de ocio y cultura, devenida poco menos que en un arbitrario contenedor publicitario.
En este panorama poco alentador es difícil destacar en el terreno del sensacionalismo y la superficialidad amarillista, pero la nueva mutación de los informativos de Tele 5 (tras pasadas encarnaciones, como la etapa agit-prop anti-pepera de Valentín), capitaneados desde su llegada (tras una etapa de similares características en Antena 3) por Pedro Piqueras sobrepasa todas las líneas rojas de la corrección mainstream, arriscándose sin cortapisa alguna en el más descarado y burdo lodazal del más descarado y gritón sensacionalismo, en un descarado festival de sangre, sudor y lágrimas, a mayor gloria del share (que, por cierto, respalda la opción con buenos números, lo que inculpa al espectador).

Tal como puede inferirse de la última campaña promocional de los mismos (sobre un fondo de catástrofes, explosiones y desgracias -como si se tratara de un film de acción y efectos especiales hollywoodiense, a los Joel Silver o Jerry Bruckheimer), sus presentadores-estrella nos informan de su voluntad de estar en el centro de la noticia (en antañona expresión), lo que en su caso, pareciera similar a introducirse en el epicentro de un tsunami o en el foco de un incendio terrible. Junto a los clásicos front men de la cadena (Hilario Pino o Ribagorda) y la veterana y deliciosa Carme Chaparro (que lleva toda su carrera catódica en la casa, pese al rol secundario al que parece estar relegada), que se mantienen en su puesto más allá de los evidentes volantazos de los rectores de la cadena), destaca la presencia balsámica de la fue última adquisición de la cadena, Marta Fernández, que inunda la pantalla con su magnetismo terso, con su sobria calidez, tras una larga etapa en las televisiones de PRISA (en Canal Plus primero; luego en Cuatro, donde saltó del hieratismo repetitivo de los informativos a la informalidad de reportera de magazine matinal, en Las mañanas de Concha Gª Campoy, sin demasiado éxito).

Convertida en una de las más subyugantes y magnéticas presencias del medio (aquel inconfundible peinado a los Cleopatra, aquel maquillaje…), no acaba de encajar su hipnótico atractivo, su impenetrabilidad misteriosa en el contexto de una cadena que ha convertido sus informativos en lo contrario, en un festival pirotécnico, en un grimoso carrusel de miserias humanas.

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Ana Rosa vs. Campos, duelo de divas

noviembre 18, 2008

La metatelevisión de hoy ama el presente de indicativo, el momento, o mejor el momentazo, a ser posible antecedido por el morbo y la expectación generada y tomándose a sí misma (y a los personajes que la habitan) como centro de atención informativa, como objeto recreativo.
Etiquetadas como prima donnas, como reinas cañís de la tele patria, Ana Rosa Quintana y Mª Teresa Campos se vieron las caras en el programa de la primera y no defraudaron las expectativas (conocen el negocio, claro).
Desde que la Campos saliera de la cadena amiga con armas y bagajes para su fracasada aventura en Antena 3 y AR la sustituyera alzándose con el trono catódico mañanero, se había alentado viralmente, en medios digitales y en el cotarro rosa, sobre la enemistad y el mal rollo existente entre las divas.
Con el retorno de la Campos esta temporada a Tele 5 (le tele no tiene memoria o la relega ante el share, off course) era de esperar este vis a vis entre ambas. Aprovechando la convelecencia de Mari Tere a causa de una intervención de amígdalas (las enfermedades nos delatan, está claro), que le ha tenido alejada de la presentación de La mirada crítica (las malas lenguas no descansan y dicen que ha mejorado resultados con la conducción sustituta de la veterana todoterreno Yolanda Benítez, ejem), AR la recibe en su saloncito catódico, haciéndole los honores, pero con una mueca de satisfacción, de soterrada victoria, ante la desactivada rival, regresada a casa para una tarea secundaria que no rivaliza con ella por la pole position de las mañanas televisivas.
Así pues, la cosa trascurre entre puyitas y espinas sacadas entre ambas, entr bromas con una mueca de resentimiento, como en un encuentro de viejas amigas (que no son). AR en su papel de anfitriona displicente y triunfadora (Yo no comento los confidenciales que hablan de mí, le espeta, ante sus quejas por falta de apoyo), condescendiente con una ex-combatiente que se ha pasado al bando propio; la Campos en su versión de luchadora no sin mis hijas, de veterana currante del medio (Nosotras que hemos trabajado juntas, le dice a Ana Rosa). Vasile mira y sonríe entre bambalinas.

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