La televisión necesita munición, suministros, caras nuevas que renueven el panorama, apariciones que llamen la atención.
La proliferación exponencial de cadenas y programas, en las teles generalistas y en las que no lo son (autonómicas, locales, TDT, etc…), provoca la urgencia por encontrar contenidos, relleno para la tarta.
De ahí que lo primero que haga la TV es poner el foco en su propio público, en la masa, en la gente. Invirtiendo la tradicional verticalidad del medio (emisor/receptor), las teles han dado la vuelta al proceso mediante una horizontalidad que busca encontrar entre el público, entre la gente habitualmente receptora del medio, aquellos descubrimientos dispuestos a dar el salto, subir al escenario y pasar a ser protagonista estelar del invento.
La misma gente anónima se convierte en espectáculo, el público salta la (invisible) cuarta pared catódica, para pasar a ser artista, para cantar, bailar, actúar, participar en realitys, contar su vida, referir anécdotas, charlar en tertulias, etc…
La democratización populista de las pantallas televisivas lleva ya cierta trayectoria, pero últimamente la tendencia se acentúa y potencia.
Sin embargo, de la calle al plató, el ciudadano dispuesto a engrosar las filas catódicas debe pasar por la prueba suprema, el cuello de botella del examen público en que probar su idoneidad, su valor añadido a sumar a la nómina de personajes televisivos: el cásting.
La tele, insaciable y nunca satisfecha, encantada en enseñar sus tripas y su funcionamiento, convierte ese trámite intermedio, ese borrador en otro producto que servir en el menú, en otra creación audiovisual susceptible de ser comercializada y espectacularizada para el consumo general, a modo de making-off.
El chicle se alarga con la sinérgica incorporación de otros programas y magazines de la cadena de turno, quienes se dedica a amplificar el fenómeno, dedicando tiempo a comentarlos en sus tertulias, a sacar punta a cualquier detalle, a entrevistar a los recién investidos como ‘personajes’ que han pasado por allí.
Así pues, asistimos a una creciente proliferación, a una sobredosis exponencial de cástings televisivos, ya sean fases previas de otros programas (Factor X, Fama,…) o programas en sí mismos (Tú si que vales).
Emparejado con el cásting aparece inexcusablemente el jurado. No hay cadena o programa que se aprecie que no tenga uno. Desde el inesperado y arrollador éxito de Risto en el canónico jurado de OT, los castings y jurados se han multiplicado en las parrillas, en un abanico que va desde el colegeo cómplice e histrióncio de un Llácer o un Miqui Puig hasta la rigurosidad o la gelidez profesionalista de una Noemi Galera o la Eva Perales de Factor X, en un estudiado y efectivo reparto de papeles.
Empleado con fruición y exceso en programas pasados (El rey de la comedia, Tienes talento, Tú si que vales, Díselo bailando, Quiero bailar,… entre infinitos otros), no parece que la tendencia decaiga, sino más bien al contrario, ya que la inminete oleada de nuevos realitys (Circus, nueva entraga de Factor X, Pekín Express, De patitas en la calle, GH10…) nos ofrecerá una nueva remesa de procesos selectivos, una panoplia de estrafalarios comportamientos y arrojadas interpretaciones musicales, en una demostración del amor que la televisión profesa a quien, abandonando todo pudor y timidez, se atreve a dar el paso y probar suerte, a jugar a ser otro, a cumplir el sueño de salir en la pequeña pantalla, haciendo no importa qué cosa.
Unos ejemplos de los recientes castings de Factor X en Cuatro
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